El lugar de la otra - Maite Alberdi

 


Domingo 13 de octubre (13 es mi número favorito). Decidí ver El lugar de la otra de Maite Alberdi mientras navegaba por el catálogo de Netflix. Jamás pensé que una búsqueda casual me dejaría tan removida. No quisiera hacer mucho spoiler, pero mientras veía esta conmovedora historia, me asombraba la ambivalencia que me producía. Todo gira en torno a un asesinato en los años 50, cuando el machismo imperaba en la sociedad y se normalizaban muchas cosas. En el interior de cada protagonista hay un fuego interno, una disconformidad profunda con sus propias vidas.

En muchas ocasiones caí en el romanticismo con el que Mercedes veía la vida de María Carolina Geel, perdiendo de vista que era una mujer que había cometido un crimen. Estamos ya en la década de 2020 y seguimos romantizando la vida de otras personas: por su estatus, su intelecto, su belleza, etc., olvidando que, al igual que una misma, también sufren, solo que desde otra perspectiva. La salud mental de ambas protagonistas ha estado afectada por la represión, la soledad y la incomprensión, males que no han cambiado mucho en estos años.

Se produce una extraña rivalidad en la que, al aprisionar a otra persona, se busca la libertad; pero en el fondo, conectas con su dolor. Aun así, no renuncias al deseo de poseer los “privilegios” que tiene esa otra mujer. Audiovisualmente, cada toma me trasladaba a la actualidad. Es como cuando deseas algo en redes sociales que, al mirarlo en perspectiva, no es que realmente lo necesites, pero su estética te cautiva, como un labial, una bonita bisutería. Así es el placer que siente Mercedes al aprovechar cada bien de Carolina, algo que para ella podría no tener valor y ser parte de lo cotidiano.

Ya cerca del final de la película, el diálogo del marido de Mercedes me removió aún más: “Hubiera preferido que me fueras infiel antes que tener esta vida que no es tuya” (o algo así). Esto me hizo reflexionar sobre la frustración de la época, en la que un hombre se da cuenta de que no puede satisfacer los anhelos profundos de una mujer, algo más complejo que la sexualidad.

Hoy en día, a veces siento que soy Efraín conmigo misma, un “marido” frustrado por no lograr darme lo que deseo, cuestionándome si las decisiones que he tomado son las correctas para llevar la vida que llevo. A menudo deseo la vida de otra persona, sabiendo que no es real, pero caigo en el juego, el romanticismo, y sueño con que sí es posible.

Nos llenamos de información sobre el cuerpo ideal, el sueldo ideal, la belleza ideal, etc., perdiendo la conexión con el presente. A veces no reconocemos ni valoramos el proceso interno que seguimos cuando deseamos transformarnos.

Pienso que lo más importante es estar agradecida, por tener una mente, manos e internet para redactar estas reflexiones y compartirlas contigo.

Nos vemos en el próximo post.

 

 


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