Miedo e Impermanencia

No sé si les ha pasado: cuando te sientes sobrestimulad@ de información, no sabes por dónde empezar y terminas en un bloqueo creativo.

Actualmente, me siento como si estuviera en un bote observando lluvias de meteoritos destruyendo todo, pero con la tranquilidad de saber que es necesario para generar cambios. Afortunadamente, no me ha afectado directamente, pero sí a mi entorno. Al parecer, este año el dragón chino vino a arrasar con todo: romper relaciones, revelar corrupciones, inflación, etc. Es como si, de un minuto a otro, las máscaras cayeran, obligándonos a enfrentarnos con la realidad.

He observado cómo se concretan todos los miedos que hemos evitado: la soledad, los fracasos, las carencias. Pero ¿saben algo? No es tan terrible cuando ocurre. Nuestra mente tiene esa mala costumbre de imaginarnos el peor escenario (lo hace para protegernos), pero cuando las cosas pasan, suelen ser mucho más llevaderas de lo que habíamos imaginado.

Hay dos certezas absolutas: en algún momento dejaremos de existir y todo es impermanente, ya sea en nuestras relaciones, trabajo o entorno. Puede sonar desalentador, pero lo bonito también es que el dolor no es permanente; cambia, transmuta con el tiempo. Es como pasar de la melancolía a la nostalgia.

Con el tiempo, he aprendido que las emociones tienen un rol adaptativo. Es necesario aceptarlas y trabajarlas para mantenerlas equilibradas. Durante años nos enseñaron que enojarse o sentir tristeza estaba mal, ignorando que la rabia nos moviliza y la pena nos conecta (no voy a entrar en detalles porque estaría "spoileando" la película Intensamente).



Sin embargo, desde mi fuero interno, siento que no he logrado conciliarme con el miedo. Por un lado, mi razón comprende que nada en la vida es permanente; sin embargo, me genera angustia pensar en la inestabilidad financiera. Esto me paraliza, no me permite emprender ni dar el salto. Sigo esperando ese “mejor momento” que sabemos que no va a llegar, porque depende de mí, no del “universo”. Te venden el discurso de que ser emprendedor es cool y casi mágico, cuando detrás hay mucho trabajo y hay que aprender a surfear entre la soledad y la incertidumbre. Es algo admirable.

Tengo claro que mi trabajo actual no es permanente, ni siquiera me llena. Sé que, en algún momento, el elástico se va a romper, y me da miedo enfrentarme a ese escenario. Sin embargo, algo ha cambiado en mí con los años: antes me negaba a la posibilidad de que algo así sucediera y me aferraba a todo, aunque no me hiciera bien. Prefería el status quo, ya fuera en trabajos o relaciones. Hoy en día no pierdo de vista la impermanencia, especialmente en lo laboral, e incluso trato de generar otros espacios para que mi salida no sea tan accidentada. Escribir en este blog, por ejemplo, me alimenta el sueño de convertirme en storyteller, de compartir vivencias y tomar otro camino.

Respecto a las malas relaciones, he aprendido que es mejor renunciar a ellas, aunque duela. Es el acto de amor propio más significativo que podemos regalarnos (en otro post podríamos profundizar más sobre esto).

Con el tiempo, he cultivado la fe en que los sucesos no son tan terribles como los imagino, y eso me da tranquilidad. No obstante, como dice una compañera: “Cuando le tienes miedo a la oscuridad, la vida se encarga de apagarte las luces”. Es cierto: no podemos ignorarlo. Habrá que atreverse en algún momento, para que la vida no se vea obligada a darnos el empujón.

Nos vemos en el próximo post.

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