Pascuala puede soñar
Se necesitan fuentes de inspiración para escribir, y el eterno enero pasa a 1x hora sin mayores novedades… hasta que me reuní con Pascuala el domingo pasado.
Ella era mi compañera de universidad. A pesar del tiempo, seguimos en contacto. Para mi cumpleaños, en diciembre, me llamó y juntas coordinamos tomar un café. Me dijo que tenía un nuevo desafío que contarme.
Pasaron 4 semanas, y yo, expectante, me hacía mil preguntas: ¿Se va a casar? ¿Tiene un nuevo trabajo? ¿Estará embarazada? Nos vimos en el café de siempre, en Avenida Italia, y antes de siquiera sentarse, me soltó:
—Nicole, ahora puedo soñar.
Quedé en blanco, sin entender nada, pidiéndole explicaciones. Fue entonces cuando comenzó a contarme su historia...
En 2016 estábamos en plena etapa de terminar la carrera, trabajando en nuestras tesis. Pascuala, además, decidió poner fin a una relación tóxica después de años. No pudo más: colapsó y dejó los estudios.
Decidió buscar ayuda psiquiátrica para obtener una licencia médica y descansar, ya que no lograba concentrarse ni responder a sus responsabilidades. En la primera consulta, tras una serie de preguntas, la psiquiatra llegó a un diagnóstico de bipolaridad: Pascuala no conciliaba el sueño, estaba irritable, sufría crisis de pánico, se negaba a levantarse de la cama en algunos días y constantemente dudaba de sí misma.
Así comenzó el largo y tortuoso camino de encontrar los medicamentos correctos. Los antidepresivos le causaban ansiedad, por lo que pasaron a estabilizadores del ánimo. Para dormir, usaba fármacos que generalmente toman pacientes epilépticos, ya que los inductores de sueño tradicionales le afectaban la memoria a largo plazo.
Ese 2016, Pascuala dejó de ser ella misma. Se transformó en alguien frustrado, impredecible y desconocido. En 2017, con mucho esfuerzo, logró cierta estabilidad. Tras un año, retomó los estudios, se tituló y actualmente trabaja como psicóloga laboral.
Sin embargo, en 2019, reaparecieron los episodios de ansiedad. Las relaciones sentimentales no funcionaban, pues desde que terminó con su pareja de la universidad no pudo mantener nada estable. Luego llegó el teletrabajo por el estallido social, lo que agravó su encierro y afectó aún más su psiquis. Se repetía constantemente que no era suficientemente buena y, al final, proyectó esos pensamientos en sus jefes. Esto la llevó a ser desvinculada de su primer trabajo.
Lo que más le angustiaba era no tener dinero para costear sus medicamentos. En ese momento, me llamó, y le sugerí postular al GES (anteriormente Plan AUGE), para que el Estado financiara su tratamiento psiquiátrico y psicológico. Después de esa conversación, perdimos un poco el contacto; la pandemia llegó y seguimos rumbos distintos.
A través del GES, Pascuala fue derivada a una psiquiatra asignada: Olga, una mujer alta, seria y de expresión estoica. Olga la escuchó, le solicitó exámenes de sangre y la derivó a sesiones con un psicólogo.
En la segunda cita, Olga le explicó algo que la dejó impactada:
—Tu examen de litemia está normal, tus otros resultados son buenos… dudo del diagnóstico de bipolaridad, por otro lado, te habían recetado medicamentos con solo la anamnesis (primera entrevista en consulta), no indagaron más...
Pascuala, furiosa, la confrontó:
—¿Cómo puede decir eso después de más de tres años tomando medicamentos?
Con calma, Olga respondió:
—No dudo de que tienes episodios de ansiedad, pero eso no significa que seas bipolar. Las personas no son su diagnóstico. Tú no eres ansiosa; en ciertos momentos te pones muy ansiosa. Una persona con bipolaridad no es bipolar, sino que tiene bipolaridad y deben tratarse sus episodios.
Un diagnóstico puede influir en tu comportamiento, pero no te define como persona.
En lugar de encontrar esperanza, Pascuala sintió que su identidad estaba fisurada. Pero, sin nada que perder, decidió confiar en Olga y seguir sus indicaciones para tratar su ansiedad e ir bajando dosis de medicamentos hasta dejar su consumo respecto a un diagnóstico que posiblemente no tenía.
Mes a mes Pascuala visitaba a Olga y notaba un aroma a verbena en su consulta, por lo que preguntó por él.
—Dicen las abuelitas que descarga las malas energías —respondió Olga—. A veces es bueno tener fe en algo más allá de la ciencia. Yo tengo fe en que puedes salir adelante con tus propios recursos.
Esas palabras resonaron en Pascuala. Olga trabajó no solo en el diagnóstico de ansiedad y en la baja de medicamentos, sino también en su autoestima, su síndrome del impostor y en construir una vida más saludable ya sea física, emocional y espiritualmente.
Tres años después, Pascuala dejó los medicamentos, aprendió a manejar sus emociones, poner límites y tener relaciones sanas y significativas. Sin embargo, las pastillas para dormir seguían siendo su desafío.
—Ya sabes lo que tienes que hacer —le dijo Olga—. Déjalas poco a poco. Haz más actividad física, complementa con melatonina. Confía en ti misma. Eres como la verbena: tienes la fuerza para limpiar lo negativo y florecer un día a la vez.
Hoy, Pascuala comienza el año con un logro importante. Redujo la dosis de las pastillas y, por primera vez en ocho años, me dijo algo que parecía casi mágico:
—Amiga, pude soñar. Ahora recuerdo mis sueños.
Lo que para algunos puede ser cotidiano y pequeño, para otros es una victoria inmensa. Esta historia me pareció profundamente inspiradora.
Gracias, Pascuala, por creer en ti misma. Y gracias, Olga, por guiarla en este proceso. La salud mental es fundamental, y por eso es tan importante contar con diagnósticos precisos, buenos tratamientos y acompañamiento humano.
Nos vemos en el próximo post.


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