Coyhaique


 

Aire limpio, mi cara helada. Es la primera vez que visito Coyhaique para ver a mi hermana.

Es una zona montañosa donde predomina el verde y el aroma a leña impregna el aire. Las personas se reúnen en la plaza, conversan, sacan sus celulares sin ninguna precaución.

A pocas cuadras comienzan a aparecer miradores, algo común en la zona, pero innovador para un santiaguino. En el norte, "planificas" un día para ver desde las alturas; en el sur, lo tienes todo a tu disposición.

Llevaba 12 horas sin dormir, ya que me pasaron a buscar a las 4:00 para tomar el vuelo a las 7:30, llegar al mediodía y, por mi parte, seguir de largo sin perderme el poco sol que había en la ciudad.

Almorzamos milcao en un puesto de una encantadora señora en la esquina del Unimarc y luego caminamos hasta la cafetería "Los Peregrinos". Un lugar curioso: al entrar, te atienden mujeres amables, de pelo largo y trenzado, con faldas que cubren completamente sus piernas... Seres recatados, rodeados de libros peculiares sobre el temor a Dios. Son conocidas popularmente como "las misioneras". ¿De quién? ¿O de qué? No lo sé… Solo sé que su café me abrigó el alma y sus galletas me animaron la tarde.

Ya se acercaba la noche y tenía que grabar junto a mi hermana un nuevo capítulo del podcast. Un matrimonio, dueño de una casa con múltiples espacios para jornadas deportivas y de bienestar, nos arrendó una sala con piso flotante de madera, espejos y luces por doquier... como un salón de ballet.

Valis y Oscar nos prestaron el salón, las luces, los micrófonos y las cámaras para llevar a cabo el desafío: nuestro primer capítulo con público.

Solo fueron seis personas: amigos de mi hermana y los dueños de casa. Pero no fue una situación lamentable. El cariño de todos ellos llenó el lugar, y la magia de la cámara se enfocó más en el contenido que en el contexto. Al subir el capítulo a redes sociales, los coyhaiquinos se hicieron parte. Fue una experiencia llena de aprendizajes y gratitud.

Oscar y Valis son un ejemplo de pasión, motivación y templanza: la mezcla perfecta.

Conocí a varias personas de distintas regiones y provincias, todas con un amor en común: Coyhaique. Gente que decidió vivir ahí y generar comunidad, conectándose con diferentes realidades y acompañándose como si fueran parientes, en los momentos más alegres y en los más duros, como el crudo invierno.

También conocí a artistas extremadamente talentosos, viviendo en el anonimato del extremo sur. Mujeres con habilidades para trovar, rapear, hacer artesanía, tocar instrumentos y dejar mensajes potentes de empoderamiento… Como ver a distintas Violetas Parras en un solo lugar.

Coyhaique tiene chisme, compañía y magia creativa. Es el Macondo de Chile, una fuente de desarrollo e inspiración. Muchas veces desconectado de otras regiones (o no tomado en cuenta), pero, a la vez, muy conectado consigo mismo. Un espacio de conversaciones y risas profundas y significativas.

No necesité tomar calafate para querer volver. Volver a desconectar y reconectar, inspirar, compartir y apreciar a Coyhaique y su gente.

Nos vemos en el próximo post.

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