Jenny

Jenny se crio en un orfanato. De vez en cuando, su madre la visitaba junto a su hermana mayor, excusándose en que no podía cuidarla por falta de tiempo y dinero. María, una vecina de su madre, decidió adoptarla junto a Pepe y sus hijas.

Jenny creció con una vida prestada y siempre tuvo que esforzarse para conseguir las cosas por mérito propio y obtener autorreconocimiento.

En todo lo que se proponía destacaba: costura, orfebrería, peluquería, administración. Le gustaba aprender para emprender nuevos negocios y ayudar a mantener a su familia en los años 70, algo poco común en una época donde la mayoría de las mujeres eran dueñas de casa.

Le gustaba vestirse de forma extravagante y robarse las miradas de todos, pero era una mujer de pocas palabras. Jenny siempre prefirió demostrar sus logros y emociones con hechos, no con versos.

Yo no tenía cercanía con mis abuelas, ya que una estaba muy enferma y la otra era más bien ausente, por lo que Jenny decidió adoptarme como su nieta. Era una mujer con muchas carencias, pero con un corazón enorme y mucho amor para entregar, a su manera.

No recuerdo haberla escuchado decir “te quiero” ni haber recibido un abrazo suyo. Pero cada vez que la veía, me regalaba a escondidas dulces de almohadita porque eran mis favoritos. No quería que mis papás se enteraran por las caries ni que mis hermanas se pusieran celosas.

Me diseñaba los vestuarios para los actos del colegio y siempre eran los más llamativos. También me compraba vestidos, aros, anillos y collares; yo era la niña mejor vestida de los eventos. Siempre fue una mujer ocupada, ya fuera por trabajo o por compromisos sociales, pero de alguna u otra forma se las ingeniaba para consentirme: compraba las cosas más bonitas que encontraba y procuraba que nunca me faltara nada.


A mis 18 años intenté estudiar teatro, sin éxito, y ella, ya con más de 70 años, diseñaba los vestuarios y accesorios de los personajes. Íbamos juntas a la calle Bandera a comprar ropa usada para rediseñarla; comprábamos moldes y telas en Independencia y accesorios en la calle Rosas. Pasamos tardes completas en su departamento tomando té y cosiendo. Ella me enseñó a ser “busquilla”, a encontrar opciones para conseguir cosas al por mayor y a bajo costo, como ir a Meiggs para comprar materiales o utilería para los escenarios.

Han pasado varios años y, hasta el día de hoy, siempre investigo en detalle y comparo opciones antes de comprar algo: desde cómo organizar un evento con el cáterin y el cotillón adecuado hasta cómo encontrar pasajes más baratos para viajar. Se lo debo a mi abuela Jenny, quien me enseñó a resolver.

Jenny también me enseñó a ser constante y que más vale pedir perdón que permiso, a abrir puertas, y si no se me dan las oportunidades, ver alternativas o patear muros si es necesario.

A los cincuenta y tantos, a Jenny le rompieron el corazón. Ella tomó todos sus pedazos y se recompuso asistiendo a una asociación donde conoció amigos, aprendió a bailar tango, se convirtió en alumna destacada y terminó haciendo clases. También participó en grupos de bailes folclóricos y asistía a eventos para recaudar fondos y viajar por Latinoamérica. Me pedía ropa y otras cosas para revender. Además, se inscribía en panoramas de su Caja de Compensación y siguió viajando.

Jenny se reinventó mil veces. Tuvo una vida social activa incluso en la tercera edad; emprendía y aprendía en cada etapa de su vida.

Con el tiempo, su mente ha comenzado a divagar y su cuerpo a apagarse. Ha dicho que ya está cansada. Hoy tiene recuerdos vagos de su vida y ya no reconoce a las personas. La última vez que la vi fue en un geriátrico y, entre todo su malestar, me miró estando embarazada. Sus ojos se llenaron de lágrimas y me dijo: “Hola, Nicole, te ves linda. Voy a tener un nieto”.

Noelia no ha tenido la oportunidad de conocer a su bisabuela y quizás el destino no quiera que así sea. Probablemente le tocará conocer a Jenny a través de este relato: como la mujer resiliente, generosa y empoderada que fue. Una mujer que inspira.

Nos vemos en el próximo post.

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